Estaba tan inocente por la mañana descansando todos los excesos de anoche, que en cuanto los cotillas rayos de sol comenzaron a llamarla, rozándole los hombros desnudos, cerré las cortinas para que ninguno se atreviera a joderme el instante más bonito del mundo. Allí tumbada, con los mechones de pelo oscuro desordenándole la espalda, los brazos desperdigados de la manera más cuidada posible sobre la almohada y la sábana blanca arrugada sobre su cuerpo, emanaba un aura dulce, cálida y anaranjada, que hacía que resplandecieran los centímetros de aire que la rodeaban, donde podía detener los relojes. Rozando su piel y respirando su esencia, todo el Universo permanecía suspendido en un delicado equilibrio, creando un ambiente suave y afrutado que obligaba a zambullirse, perdiendo la noción del tiempo, del espacio y de uno mismo. Tras un lapso de tiempo que para mí duró medio segundo, abrió los ojos y recorrió el cuarto hasta que se encontró su cara reflejada en los míos. Con una sonris...
(las manos con cicatrices dan las caricias más suaves)