Hoy me he acordado de la última vez que te escribí con la intención de que me leyeras. Hablaba de por qué voy a quererte siempre. Ahora mismo ni nunca en la vida cambiaría ni una sola coma. Está escrita en tu color favorito y con mi mejor caligrafía, y no sé por qué nunca te la llegué a dar, porque pocas veces escribo con destinatario y me suelo encargar de que mis cartas se reciben. Me sinceré mucho ahí. Quizás por eso me dolió todo tanto. Fíjate si dolió que necesité pastillas para aguantar entera cuando me desgarraste, porque fue eso, rasgarme entera a base de cuchillo. Puede que sea débil, lo sé, pero tú eres una de mis debilidades y no me avergüenzo. Me aportabas mucho. Me enseñaste mucho. Hay una parte de mi personalidad que lleva tu copyright. Nos veía tan fuertes, mejor aún, tan fuerte, porque éramos una sola persona repartida en dos cuerpos. Aún así creo que tú me necesitabas más a mí y tuviste miedo de perderme por tus inseguridades. Que sepas que me preo...
(las manos con cicatrices dan las caricias más suaves)