Y entonces se planteó que debía hacer. Si escapar es de inteligentes o de cobardes. Si plantar cara es de valientes o de idiotas. Si hay que ser valiente para suicidarse, aunque ella carece de ese valor (ni lo quiere). Pedía reflexiones, instantes, respuestas. Cuando llegaba al punto en el que tenía las lágrimas agolpadas bajo las pestañas, sólo entonces, todas las dudas cargaban en su contra. Si exageraba. Si tenía derecho. Si era normal o extraño. Si lo merecía. Si se autocompadecía. Si estaba a la altura. Si no. Ni siquiera sabía la altura que se la exigía. Y así pasaba sus días, esperando. Sin saber qué esperar. Evadiéndose, ¿huyendo? Quién sabe. Quién es capaz de juzgarlo. En ocasiones optimista. En otras no. Otras veces pesimista. Y aún hoy, ahí sigue. No está sola. Pero ahí sigue.
(las manos con cicatrices dan las caricias más suaves)