Como un portazo, como un hueco vacío. Como una lágrima amarga de maltrato o como un grito que araña el alma. Como una cartera sin nada o un nudo en la grarganta. Como un reloj con la hora equivocada. Como una agonía. Como un disco rayado, como estar en el lugar equivocado en el momento equivocado. Como la impotencia, como el crepitar de la radio cuando no encuentra la sintonía o como una hoja arrancada de un diario. Como un colgante perdido, como un huérfano. Como el filo de un cuchillo, como un pie descalzo que pisa un clavo, como un llanto de madre, o de hermano. Como un grito de socorro, pero silencioso.
No has parado de llorar estos dos últimos días. Es como si me dijeras que ya no me queda nada por hacer aquí, que hasta aquí hemos llegado. La verdad es que aún no te había visto así, me resultas hasta rara. Qué pretendes, ¿hacerme creer que todo ha sido un sueño? Lo parece, y lo mejor de todo es que ha sido intensamente real desde el primer segundo hasta el último. Te voy a confesar algo, no he sabido condensar esto en tres maletas así que te dejo desparramadas por ahí millones de cosas. Mis cremas y champús, algunos zapatos, mi abrigo favorito, paredes llenas de bluetack, mil historias detrás de los letreros de tus pubs, millones de sueños en cada muelle de la cama (y no vamos a mentir, ponle unas diecinueve pesadillas). Digamos que te intento compensar por todo lo que me has regalado. Te dejo también todas mis historias reptando por las aceras, impregnado las paredes, escurriéndose entre los huecos de tus ladrillos rojos y tus techos de pizarra. A cambio, yo me llevo toda tu histori...
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