Y pasea su orgullo por todas las bocas, y las de los metros, de todo Madrid centro. Haciendo eco.
Sube y baja caminando las escaleras mecánicas, despreciando a aquel hombre que las inventó, haciendo que su trabajo sea completamente inútil. No lee esos carteles que ponen por los autobuses y los metros de "ni un día sin poesía", la poesía la hace ella cuando agita su pelo bajo las estrellas de Atocha o cuando parpadea con sus pestañas infinitas.
Cuando va de bares va sola, y nunca, nunca lleva dinero porque siempre la invitan y la incitan a todo. Nunca duerme sola en casa, de hecho nadie duerme nunca en casa, pero libra batallas en su cama como si en ello le fuese la vida, o la virginidad, o cualquier cosa que se valore hoy en día.
No has parado de llorar estos dos últimos días. Es como si me dijeras que ya no me queda nada por hacer aquí, que hasta aquí hemos llegado. La verdad es que aún no te había visto así, me resultas hasta rara. Qué pretendes, ¿hacerme creer que todo ha sido un sueño? Lo parece, y lo mejor de todo es que ha sido intensamente real desde el primer segundo hasta el último. Te voy a confesar algo, no he sabido condensar esto en tres maletas así que te dejo desparramadas por ahí millones de cosas. Mis cremas y champús, algunos zapatos, mi abrigo favorito, paredes llenas de bluetack, mil historias detrás de los letreros de tus pubs, millones de sueños en cada muelle de la cama (y no vamos a mentir, ponle unas diecinueve pesadillas). Digamos que te intento compensar por todo lo que me has regalado. Te dejo también todas mis historias reptando por las aceras, impregnado las paredes, escurriéndose entre los huecos de tus ladrillos rojos y tus techos de pizarra. A cambio, yo me llevo toda tu histori...
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