No me conoces de nada. Ni siquiera sabes cuándo hablo en broma o en serio. No conoces mi voz de dormida, ni sabes dónde está la cicatriz que sólo aparece cuando me enfado. No has escuchado mis historias más vergonzosas, ni te imaginas que llevo tatuajes. No sabes que me pongo roja con el vino o cuando me llamas guapa. No tienes ni idea de cómo me gusta el café, ni cuál es mi destino preferido, ni mi sitio en el sofá, ni mi historial de desamores en los bares. Desconoces mis pasiones y aversiones, mis gustos y rarezas, mis manías y aficiones, mis miedos y aspiraciones, mis planes y mis sueños. Y te crees con derecho a marearme, a meterte en mi cabeza, a juguetear conmigo, a hacerme cosquillas en la palma de la mano, a llamarme rubia cuando soy castaña y decirme que te gustan mis zapatos, cuando no los he elegido yo.
Que has tardado tres meses en mirarme a los ojos y sólo ha sido para mirar tu propio reflejo.
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