Muy importante: para realizar con éxito ésta receta, hay que cerciorarse de que todos los ingredientes son sinceros.
- Mezclar en un cuenco profundo 300g de desesperación de una madre, no importa ni su raza ni de dónde venga, y medida con cuidado, ya que pesa muchísimo en el alma, con 250g de sonidos de pistolas, medio litro de sangre derramada injustamente y tres lágrimas de niño, pero que no sean generadas por el consumismo, hasta que adquiera una textura pegajosa.
- Añadir 3 cucharadas de enfermedades incurables, dos onzas de egoísmo, 120g de hipocresía y amasar hasta que adquiera un color verde envidia.
- Añadir un grito desgarrador, diez asesinatos y violaciones, un atentado y seis desgracias, y aderezar con codicia al gusto. Tras este paso la mezcla debería tener un color negruzco.
- Agregar, con muchísimo cuidado, una buena ración de justicia y siete tazas o más a rebosar de esperanza, y dejar enfriar hasta que todos los ingredientes anteriores se ahoguen en la esperanza y la justicia.
- Cuando esté frío, sacar del congelador. Debería tener un color dorado, a medio camino entre el dorado que surge de una pluma del que intenta conquistar a versos la luna, o del que envía una carta a un ser querido, y el dorado que se ve en los ojos de una novia cuando da el sí quiero.
- Para servir, utilizar copas hechas de risas y sonrisas, humedéceles el borde con lágrimas de felicidad y húndelo en tolerancia para que se quede impregnada por el borde.
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