Ella llevaba coleta, tenía letra redonda y vestía de colores. Tocaba la guitarra y debía llevar gafas, pero no las usaba. Sus amigos la llamaban loca, y bueno, algo lo estaba, como todo el mundo. No le gustaban las cosas cuadradas, para ella la vida era un fluir de acontecimientos y no algo que se pudiera programar: pensaba que no había que poner en orden las cosas, sino contribuir al jaleo universal, encontrarle un orden lógico al caos y llevar el compás. Llevar el compás, marcar el ritmo, acelerar y frenar a tu manera, y que te sigan. Ella marcaba el ritmo con sus pulseras de metal de las que colgaban cuentas de chatarra y cascabeles, y la gente, de un modo asombroso, se dejaba llevar por sus manías. No posaba en las fotos y siempre mascaba chicle. No soportaba las reglas y sentía que tenía que romperlas todas, eso sí, sin hacer daño a nadie. Le encantaba bailar, reír y disfrutar, y nunca se aburría. Escribía canciones, pero no se las enseñaba a nadie: era un genio, pero prefería ser algo más.
Ella llevaba coleta, tenía letra redonda y vestía de colores. Tocaba la guitarra y debía llevar gafas, pero no las usaba. Sus amigos la llamaban loca, y bueno, algo lo estaba, como todo el mundo. No le gustaban las cosas cuadradas, para ella la vida era un fluir de acontecimientos y no algo que se pudiera programar: pensaba que no había que poner en orden las cosas, sino contribuir al jaleo universal, encontrarle un orden lógico al caos y llevar el compás. Llevar el compás, marcar el ritmo, acelerar y frenar a tu manera, y que te sigan. Ella marcaba el ritmo con sus pulseras de metal de las que colgaban cuentas de chatarra y cascabeles, y la gente, de un modo asombroso, se dejaba llevar por sus manías. No posaba en las fotos y siempre mascaba chicle. No soportaba las reglas y sentía que tenía que romperlas todas, eso sí, sin hacer daño a nadie. Le encantaba bailar, reír y disfrutar, y nunca se aburría. Escribía canciones, pero no se las enseñaba a nadie: era un genio, pero prefería ser algo más.
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