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Ella llevaba coleta, tenía letra redonda y vestía de colores. Tocaba la guitarra y debía llevar gafas, pero no las usaba. Sus amigos la llamaban loca, y bueno, algo lo estaba, como todo el mundo. No le gustaban las cosas cuadradas, para ella la vida era un fluir de acontecimientos y no algo que se pudiera programar: pensaba que no había que poner en orden las cosas, sino contribuir al jaleo universal, encontrarle un orden lógico al caos y llevar el compás. Llevar el compás, marcar el ritmo, acelerar y frenar a tu manera, y que te sigan. Ella marcaba el ritmo con sus pulseras de metal de las que colgaban cuentas de chatarra y cascabeles, y la gente, de un modo asombroso, se dejaba llevar por sus manías. No posaba en las fotos y siempre mascaba chicle. No soportaba las reglas y sentía que tenía que romperlas todas, eso sí, sin hacer daño a nadie. Le encantaba bailar, reír y disfrutar, y nunca se aburría. Escribía canciones, pero no se las enseñaba a nadie: era un genio, pero prefería ser algo más.

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No has parado de llorar estos dos últimos días. Es como si me dijeras que ya no me queda nada por hacer aquí, que hasta aquí hemos llegado. La verdad es que aún no te había visto así, me resultas hasta rara. Qué pretendes, ¿hacerme creer que todo ha sido un sueño? Lo parece, y lo mejor de todo es que ha sido intensamente real desde el primer segundo hasta el último. Te voy a confesar algo, no he sabido condensar esto en tres maletas así que te dejo desparramadas por ahí millones de cosas. Mis cremas y champús, algunos zapatos, mi abrigo favorito, paredes llenas de bluetack, mil historias detrás de los letreros de tus pubs, millones de sueños en cada muelle de la cama (y no vamos a mentir, ponle unas diecinueve pesadillas). Digamos que te intento compensar por todo lo que me has regalado. Te dejo también todas mis historias reptando por las aceras, impregnado las paredes, escurriéndose entre los huecos de tus ladrillos rojos y tus techos de pizarra. A cambio, yo me llevo toda tu histori...

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