Me ahogo entre los horarios, las risas falsas y los zapatos de tacón. Llévame lejos, muy lejos. Quiero que me echen de menos, Quiero que se enfaden conmigo por no haber llamado. Quiero perderme dentro de mí, ya que yo misma soy un laberinto, matar a mi Minotauro interior y que tú seas el hilo de Ariadna que me ayude a encontrar la salida. Quiero estar lejos, desconectar. Y luego volver a pisar este mismo suelo y darme cuenta de que en el fondo, muy en el fondo, una pequeña parte de mí pertenece a Madrid. Y lucir orgullosa esa parte.
No has parado de llorar estos dos últimos días. Es como si me dijeras que ya no me queda nada por hacer aquí, que hasta aquí hemos llegado. La verdad es que aún no te había visto así, me resultas hasta rara. Qué pretendes, ¿hacerme creer que todo ha sido un sueño? Lo parece, y lo mejor de todo es que ha sido intensamente real desde el primer segundo hasta el último. Te voy a confesar algo, no he sabido condensar esto en tres maletas así que te dejo desparramadas por ahí millones de cosas. Mis cremas y champús, algunos zapatos, mi abrigo favorito, paredes llenas de bluetack, mil historias detrás de los letreros de tus pubs, millones de sueños en cada muelle de la cama (y no vamos a mentir, ponle unas diecinueve pesadillas). Digamos que te intento compensar por todo lo que me has regalado. Te dejo también todas mis historias reptando por las aceras, impregnado las paredes, escurriéndose entre los huecos de tus ladrillos rojos y tus techos de pizarra. A cambio, yo me llevo toda tu histori...
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