Es como el miedo.
Es el miedo que agita cada una de sus células y protagoniza una
metástasis por todo su cuerpo.
Es el miedo que le seca la boca cuando sólo la puedo refrescar con un
bastoncillo, el miedo que le quita el aire y la desgarra por dentro, impidiendo
que cicatrice sus heridas.
Es el miedo que exterioriza en su rostro
angustiado cuando se sienta por primera vez en la camilla, y que se desprende
como un dolor que impregna las sábanas azules, los pijamas blancos y el aire
esterilizado.
Pero es un miedo cobarde.
Que no puede resistirse a su valentía, su coraje, su serenidad, sus
ganas de vivir, ni al amor.
Y como todas las fobias, se supera.
Con abrazos tan potentes como analgésicos.
Agarrando la mano más fuerte que todo lo que pueda ser cualquier terapia.
Porque es posible hacer que el miedo tenga
miedo, y que nosotros no.
Y yo voy a lucir orgullosa las ojeras que me
han provocado tus noches de hospital, porque son sinónimo de todo lo que eres.
De todo lo que has luchado y has pasado, de esta batalla tan fea de la que has
salido ganando, y más guapa todavía.
Porque ya no tienes miedo.
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